Mantiel

Añoro el arrullo de Mantiel,
sus manantiales dulces y frescos,
los paseos por caminos silenciosos,
los parajes verdes
montañosos y serenos,
Los huertos.
La caricia del agua turquesa
y el rojo atardecer dorado

Atardecer en Mantiel

Atardecer en Mantiel

que invade el cielo.
Ese loco reloj histriónico
subido en la torre del ayuntamiento
y que con candor emula
 – tOOonnnnnnnnnnnn… -,
el niño Leo.

Echo de menos
las calles estrechas y limpias,
sin marcas, distingos ni aceras,
porque la calzada,
la calle en Mantiel es para la gente.
Las moreras, las parras, las rosas,…
La fuente que parece un sueño,
y el “lavadero” vivo de peces,
con el barbo, el blas-blas
y la carpa que besa
la bienintencionada mano.

Estoy echando de menos
las comidas compartidas
y l@s amigos risueños,
los juegos infantiles de la mañana
y de la tarde,
la algarabía.
El saludo amable, las sonrisas,
los abrazos, los besos.
La tertulia en la paz nocturna
que a veces es grave,
iluminada y profunda,
otras ingrávida
y desbordada,
la risa.
Más tarde
los jabalíes hocean en el parque.

Si, extraño su cielo,
esa noche infinita preñada de estrellas,
y extraño…
tus dos luceros,
tan limpios
tan negros
.

Nieves Iparraguirre, agosto 2014.

exterior

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Archivado bajo coordenadas, Del amor, Dulce, Humano, Lugares, poesía

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